Dicen por ahí que las cosas buenas se hacen esperar. El caso es que, por más que espero, las cosas buenas parecen no tener ninguna prisa por visitarme.
Es como ese amigo que promete que llegará a la hora, pero empieza a tardar cinco, diez, quince, veinte... años. Y temes que te escriba diciéndote ´´oye, que al final no puedo ir, lo siento´´, pero en el fondo ya sabes que, aunque no recibas ese mensaje todavía, es exactamente lo que va a pasar.
Te ha dejado tirada. Definitivamente, te ha dejado tirada. Al menos eso supones, hasta que te parece ver de lejos una chaqueta verde clavada a esa que siempre lleva los días de tormenta, y te ilusionas pensando ´´hoy habrá tormenta, así que debe ser él´´.
Pero esa persona se cruza de acera. Se aleja. Se pierde entre la multitud.
No era él.
Resulta que, a lo largo de la interminable espera, has visto varias chaquetas parecidas a la suya, pero nunca ninguna viniendo hacia ti. Empiezas a cuestionarte si estás en la calle correcta, si pusiste bien la dirección de la plaza, si miraste bien la fecha, el, día, la hora. Todo está bien. Aparentemente, todo menos tú, porque las piernas te empiezan a temblar de frío, los párpados se te cierran solos, te duele la espalda.
Te sientas en un banco. Sacas el móvil. Piensas que distraerte un poco ayudará a que el tiempo pase más rápido. Ves un vídeo corto, dos, puede que tres. Pero, ¿y si justo viene cuando estás mirando la pantalla? ¿y si no te ve entre la multitud porque te has sentado? Sueltas el móvil. Te pones en pie. Permaneces alerta.
Miras hacia los lados. Te das cuenta de que, como tú, hay más gente esperando a sus amigos en la plaza. Vuestros ojos coinciden por unos segundos, así que rápidamente, bajas la cabeza. Te apetece hablar con alguien, tener una charla tranquila, abrir tus labios secos y agrietados, recordar que tienes voz. Sin embargo, no hablas con ellos; no los conoces, qué vergüenza. Además, seguro que piensan que eres un poco rara. Mírate. Es verdad. Pero oye, tu amigo no lo piensa. No piensa que seas rara, en absoluto. Por eso le esperas.
Y esperas.
Y esperas más.
Y esperas mucho, mucho más.
Estás un poco cansada. Quieres ir a la tienda de al lado y pedir un café para que, cuando te vea, no te vea cansada. Das un paso, dos, puede que tres. Pero, ¿y si justo cuando viene estás en la tienda? ¿y si al no verte piensa que te has ido? Si no te ve podría regresar a su casa y creer que fuiste tú quien le dejó tirado. Ay, no. Eso jamás. Así que esperas.
Y esperas.
Y esperas más.
Y esperas mucho, mucho más.
Se te acerca una paloma, te picotea el pie. Resulta que hay un par de migas de pan en tu bota. Te rugen las tripas: tú también tienes hambre. Deberías irte. Decides que, si a la cuenta de diez no está ahí, te irás. Cuentas uno, dos, tres, cuatro... cinco, seis, siete, ocho... uno, dos, tres, cuatro... uno, dos... tres...
De pronto, mientras cuentas, cuentas y sigues contando, caes en la cuenta de algo muy importante: a tu amigo le encantan las palomas. Son su animal favorito. Debe ser una señal: está cerca. Seguro que está cerca, así que lo esperas.
Y esperas.
Y esperas más.
Y esperas mucho, mucho más.
Y esperas hasta que la calle se queda en silencio. Todos los que esperaban a alguien se han marchado. Algunos solos, otros acompañados.
Sin embargo, tú sigues ahí. Estática.
Entonces, algo raro sucede. Por un momento, pareces ver la chaqueta verde que él siempre se ponía en días de tormenta, esta vez, viniendo hacia ti. Clara y directamente hacia ti. Sin vueltas, ni rodeos, ni cruces a la otra acera. Además, ya no es sólo su chaqueta: es su pelo, son sus ojos, es su forma de caminar.
Ahí viene.
Por fin.
Es él.
O no.
Pasa de largo.
Tu amigo pasa de largo.
Pues pasó tanto tiempo que no te reconoce. Además, te has deteriorado un poco. Esperaste días, semanas, meses, años.
Piensas que deberías irte a casa, ahora sí.
Aunque... quizá no era él. Te puedes haber confundido. ¿Cómo no te iba a reconocer, si tú le reconocerías a kilómetros? Quizá si hubiera sido él, se habría parado. Al menos a saludar, ¿no?
No era él. Sí era él. No, sí. Sí, no.
Una batalla entre la resignación y la esperanza, entre el cansancio y el sueño. Pero no el sueño que tienes cuando cierras los ojos, no. El sueño que aparece en tu mente cada vez que piensas en esa chaqueta verde viniendo a por ti. El que aparecía; ya no estás tan segura de lo que sueñas.
``Hoy ni siquiera va a hacer tormenta`` -piensas.- ``Pero dicen por ahí que las cosas buenas se hacen esperar``
A lo mejor la chaqueta no era verde. Quizá era azul, o roja. O era un jersey.
Ya no me acuerdo.
Pero bueno, suele pasar.